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lunes, 21 de octubre de 2013

La Semilla Sorpresa



Hacía mucho tiempo que no visitaba mi árbol, tanto que todavía no había conseguido descifrar qué árbol era. Hace unos años, en uno de mis viajes, un anciano que vendía frutos secos y semillas en un mercado me regaló una semilla diminuta dentro de una bolsita que llevé al cuello en mi viaje de vuelta a casa para no perderla (y también porque fue la recomendación del anciano).

-“Deberás dejarla crecer sin pensar en qué tipo de árbol se convertirá, porque fácil que te equivoques…es una sorpresa”.

La planté tal como me dijo y por un tiempo me olvidé de la semilla, y cuando me acordaba mi fantasía se desbordaba y veía un árbol majestuoso levantarse al cielo…
Hace poco, cuando volvía a la Abadía, pasé por el lugar en que la había plantado, y sí, tal como me dijo el anciano fue una sorpresa: era un manzano, un sencillo y pequeño manzano que apenas tenía cuatro frutos y que en mis continuos movimientos ni siquiera había cuidado, pero allí estaba…no es el árbol majestuoso que me había imaginado mientras caminaba por el Valle de los Sueños, pero es un árbol real, con raíces y tronco, ramas, hojas y frutos. Es mi árbol.

viernes, 9 de agosto de 2013

Retomando mi viaje...



He llegado al Páramo de los Pies Quietos, no entendía por qué se llamaba así, pero pronto encontré que los míos se volvían pesados y torpes, hasta que un grillo saltó sobre mi hombro y me explicó la razón: “Es por tu mochila, pesa demasiado”. “Tienes que ir al “Campo de las Mochilas Viejas” y ver de lo que puedes prescindir…o no podrás continuar. A partir de aquí tendrás que viajar con menos peso, en cada etapa menos peso…” y de un salto desapareció de nuevo. 

Conseguí llegar al Campo de las Mochilas Viejas y seguí el consejo del grillo, empecé a sacar mis cosas seleccionando lo que quiero quedarme y lo que debo dejar atrás. Hay que amontonarlo ordenadamente y llevarlo a un contenedor para reciclar…algunas cosas he visto que se reciclan simplemente tendiéndolas al sol y acaban convirtiéndose en una especie de banderines tibetanos que el viento mueve poniendo color al paisaje. He decidido quedarme solo con lo imprescindible. Es increíble lo que he llegado a acumular: cajas de nudos que ya no sirven para atar, tubos y más tubos, ropas inservibles (en realidad solo necesito una par o dos de zapatos y unos chandals). Libros pesados que ya he leído y que ahora solo son un peso muerto, cajas de sueños (bufff…que pesados pueden ser algunos sueños), folletos de viajes de sitios a los que nunca iré, alguna cadena rota…y un sinfín de cosas más.
Entre lo que me he quedado está mi sombrero para el sol –por aquí pega fuerte al mediodía-, mi capa para las noches frías, mi estuche de supervivencia: el mapa, la brújula, el cuaderno de dibujo y mis pinturas. La cantimplora para el agua, poquita ropa y algunos objetos personales que todavía quiero mantener.
Al acabar el grillo me miraba burlón desde lo alto de una hierba, hice ante él una reverencia y le di las gracias.
Espero que mañana podré continuar.